
Cuando todo el mundo empezó a tomar batidos de verdura cruda llenos de vitaminas que seguramente alguno aseguraría capaces de curar hasta un juanete, en España se llevaba siglos tomando el gazpacho (olé, y si te imaginas un rasgueo de guitarra, mejor). Lejos de las texturas arenosas de las espinacas licuadas, del amargor del kale o el sabor a tierra del exceso de la remolacha cruda y, sobre todo, lejos de la dificultad de disimular el susto que se lleva el paladar, el gazpacho ofrece una perfecta armonía de sabores y texturas de las verduras más veraniegas. Si te lo quieres tomar como un batido, perfecto, pero a mí, personalmente, me gusta más muy frío como un entrante.
Mi gazpacho no tiene ninguna novedad si comparas con otras recetas. Sin embargo, le doy mucha importancia a la textura. Todo sale mejor cuando se mima, y el gazpacho no es ninguna excepción. Hay que hacerlo con tiempo para que se pueda servir fresquito para esos días en los que aprieta el calor. Si empiezas el día antes, mejor.
Receta
Para 4 personas
Ingredientes:
1 kilo de tomates maduros
1 diente de ajo
1 pepino o medio, depende del tamaño.
1 pimiento rojo (pimiento morrón) depende del tamaño, pero aquí no se consiguen esas piezas de arte que se encuentran en los mercados en España. Si es muy grande, podrás usar solo la mitad.
1/2 pimiento verde
1 cucharadita de comino
3/4 dl (75 ml) de aceite de oliva virgen
1-2 cucharadas de vinagre (depende de la acidez y de lo que te guste el vinagre)
Sal y pimienta
Opcional: Pan blanco del día anterior
Para los tropezones («toppings»):
Pan
2 dientes de ajo
Aceite de oliva
Pepino
Cebollino
Empezamos lavando las verduras. Pelamos el pepino, lo abrimos por la mitad a lo largo y cortamos en trozos de uno 3 cm. Retiramos las semillas y las venas de los pimientos y cortamos en trozos de similar tamaño que el pepino, pero no hace falta ser perfeccionista, pues todo se triturará después. Cortamos los tomates en cuartos y luego por la mitad. Pelamos el diente de ajo y lo cortamos por la mitad para retirar el germen (hay quien dice que esto evita que el ajo repita o de mal aliento).
Mezclamos todas las verduras en un recipiente que se pueda tapar con facilidad. Añadimos una generosa cucharadita de sal, el comino y el vinagre. Tapamos y dejamos las verduras en la nevera hasta el día siguiente o unas seis horas.
¿Con pan o sin pan? Es una cuestión de gustos (o de dietas). En mi opinión, no es necesario, sobre todo si vas a tomar el gazpacho como un entrante. Si es plato único, puede que te quedes con hambre si no le pones pan. Lo que es muy importante tener en cuenta es que si le pones pan, necesitarás agregar agua. Sin pan, no será necesario.
Si te gusta ponerle pan al gazpacho, corta una buena rebanada y quítale las cortezas. Lo rompemos con las manos y lo introducimos en el vaso de la licuadora. Yo uso una licuadora de esas con un vaso enorme, pero si no tienes, puedes usar una batidora de mano, pero prepárate para pasar un rato largo triturando.
Introducimos las verduras al vaso (si usas una batidora de mano, tendrás que hacerlo por turnos porque no van a caber todas) junto con el jugo que habrán desprendido. Dejamos que el pan se ablande con ese jugo y añadimos una tacita pequeña (como para café cortado) de agua.
Tapamos el vaso y licuamos durante mínimo 5 minutos a velocidad alta. Después pasamos la sopa por un colador y veremos que, como nos hemos tomado la molestia de licuar durante tanto tiempo, no quedará mucho en el colador. Pero se queda la piel y las semillas de las verduras, y esas no las queremos en la sopa final, porque buscamos una textura cremosa y agradable.
Enjuagamos el vaso de la licuadora y lo volvemos a llenar con la sopa colada. Ahora vamos a volver a licuar, pero a velocidad media. Cuando ya esté en movimiento vertemos con cuidado el aceite de oliva para que emulsione con el gazpacho.
Salpimentamos y ajustamos con vinagre y comino según el gusto. Verter el gazpacho en un bol, tapar y dejar en la nevera hasta que esté muy frío.
Corta el pan en cubitos y calienta 3-4 cucharadas de aceite de oliva en una sartén a fuego medio. Rompe los ajos y échalos en la sartén. Cuando empiecen a freír, añade el pan y baja el fuego. Remueve para que absorba el aceite y se tueste por todos los lados. Puedes añadir un poco de romero, si te gusta.
Pica el pepino en cubitos pequeñitos y repártelos en la mitad de un plato. En la otra mitad, pondremos el cebollino picado. Así, cada uno le pondrá a su gazpacho la cantidad que quiera. También puedes picar pimiento o cebolla roja, incluso hay quien toma su gazpacho con huevo cocido picado.
¡A disfrutar!
En Dinamarca, cuando algo está muy rico, se dice que es como el canto de los ángeles. Bueno, depende de la región, porque en zonas de Jutlandia, el máximo piropo es «no está tan mal». Volviendo a los cantos: cuando me tomo un buen gazpacho, oigo cantos, pero no de ángeles, sino de coro rociero. Pensarás que estoy loca, pero durante mis años en Ronda un coro rociero quedó atrapado en mi cabeza y canta el estribillo de la salve rociera cada vez que tomo un gazpacho, una buena ensaladilla, unas croquetas o un exquisito jamón de bellota. Y por unos segundos me transporta de vuelta a España.